AGRICULTURA DEL FUTURO

Por Adrián Fernández Casares (71B)

Con vocación de "alimentar al mundo" (como definió nuestra profesión un "maestro" de la Facultad de Agronomía mientras nos fogueábamos en los primeros pasos de los agronegocios), he tenido la oportunidad de aplicar los conocimientos adquiridos en vastas y singulares zonas de producción agropecuaria de nuestra querida Argentina.

A lo largo de los años, la ciencia agronómica ha ido cambiando. Acontecimientos que hicieron historia reflejan este cambio producido durante los últimos 30 años: la "revolución verde" con los trigos mejicanos adaptados a diversos ambientes y que permitieron incrementar significativamente la producción mundial; un poco más tarde, la "siembra directa" que revolucionó el manejo del sistema "agua-suelo-planta" y, desde hace algunos años, la biotecnología que ha permitido con manipulación genética incorporar a muchos cultivos resistencia a herbicidas y plagas, con el consecuente aumento de la productividad.

Pero ¿hacia dónde se dirige la Agricultura del Futuro? ¿Se cumplirá la teoría malthusiana que pronostica una gran "hambruna" mundial por el crecimiento demográfico? ¿Serán sustentables los sistemas de producción en el futuro? ¿Habitaremos un planeta menos contaminado? ¿Cuál será el papel que le tocará desempeñar a Latinoamérica en la oferta mundial de alimentos?

A comienzos de este nuevo siglo nos encontramos con que hay 840 millones de personas que se van todas las noches a dormir con hambre y que en el mundo hay 1.300 millones de personas que ganan menos de 1 US$ por día. Si bien es cierto que el hambre es más un problema de distribución que de producción, también es cierto que si se quiere terminar con el hambre en el mundo, para el 2020 habrá que producir un 50% más de lo obtenido actualmente.

Parte de la respuesta a los interrogantes planteados y a la realidad descripta está dada por lo que logre descubrir la Ciencia y Tecnología en la Agricultura del futuro. Será fundamental el papel que ambas desempeñarán en el desarrollo agrícola, y el de este en relación con el desarrollo económico de las naciones. De ahí la importancia en invertir en investigación agrícola.

En los países latinoamericanos y del Caribe existe una clara tendencia a disminuir la inversión en tecnología agropecuaria, sobre todo en las áreas tropicales donde justamente se encuentra una de las respuestas para la agricultura del futuro.

Definitivamente, la región está invirtiendo menos en Investigación y Desarrollo (I&D) agrícolas. Este hecho manifiesta una tendencia contraria a lo que sucede en los países avanzados y otros países potencialmente competidores, en los cuales en la medida en que el PIB agrícola disminuye su importancia relativa, la participación de las inversiones en investigación aumenta, con relación a este valor.

Mientras los países de nuestro continente disminuyen el esfuerzo puesto en la investigación, los países desarrollados y algunos emergentes del Sur de Asia elevan los montos a invertir en esta área de la economía. Así, la brecha tecnológica entre los países desarrollados y en desarrollo aumenta, comprometiendo el futuro del sector en nuestra región.

Insertada en Latinoamérica, la Argentina no escapa a la realidad descripta. Ignorar la fuerza que ofrece el conocimiento es la antesala al desconcierto de toda una nación.

No seamos lo que cruelmente opinó sobre nosotros el escritor español Jacinto Benavente (Premio Nobel de Literatura), allá en la década del 20, antes de abordar el barco de retorno a España después de visitar nuestro país: "Armen la única palabra posible con las letras que componen la palabra argentino". La única palabra que se construye con las letras de argentino es ignorante.

La aplicación de nuevos conocimientos constituirá el eje de las cadenas productivas de la agricultura del futuro para incorporar valor a los productos que se ofrezcan al consumidor.

Las grandes transformaciones tecnológicas en la agricultura tendrán la participación activa de la ingeniería genética, la agricultura de precisión y sistemas avanzados de información, que serán cada vez más usados por agricultores de todas las escalas.

En el área biológica, la ingeniería genética ha dado ya los primeros pasos, presentando los primeros productos modificados genéticamente, incorporando resistencia a herbicidas y a algunas plagas.

No cabe duda que no se podrá avanzar en la producción de alimentos sin la aplicación de la biotecnología, si es que no se quiere seguir contaminando el ambiente y erosionando los recursos.

La apocalíptica ley de Malthus no se ha cumplido hasta ahora y siempre el hombre ha tenido alguna respuesta para paliar el acuciante problema del hambre. La primera respuesta fue la ya mencionada Revolución Verde. Hoy en día hay que darle el crédito a la labranza mínima o conservacionista y a los organismos genéticamente modificados. Nuestro país es el segundo en el mundo con la mayor área sembrada con OGM (Organismos Genéticamente Modificados).

El próximo paso consistirá en incorporar genes que otorguen a los cultivos tolerancias a determinadas condiciones extremas. La sequía y la salinidad se presentan como los más promisorios. Un gran tema a desarrollar en el futuro será la incorporación de genes que inoculen al hombre contra las enfermedades. Tendría un impacto enorme el hecho que un niño que comiere una banana estuviere, al mismo tiempo, vacunándose contra el cólera o la poliomielitis.

Estos descubrimientos prometen nuevas oportunidades y retos para la producción alimentaria mundial y para países como la Argentina y sus vecinos, orientados especialmente a: i) la prevención de enfermedades y plagas en plantas y animales, ii) al incremento significativo de los volúmenes de producción, iii) al mejoramiento de la calidad de los alimentos y iv) a la reducción de los riesgos ambientales.

La agricultura de precisión, mediante la utilización de los más modernos sistemas de posicionamiento vía satélite, podrá minimizar importantes riesgos de producción, contribuir a la maximización de los rendimientos y a la protección del medio ambiente. Los desafíos para el negocio agrícola aún son muchos, pero la alianza del sector privado con las instituciones gubernamentales promete grandes avances.

El cono sur de América y el Caribe constituyen una región muy grande y diversa, que no puede ser definida como un área homogénea dada la existencia de gran diversidad de ambientes, no solo desde el punto de vista agroecológico, sino también desde la perspectiva social y económica.

Así por ejemplo, existen países donde se manejan dos o tres idiomas, y donde se pueden encontrar grupos étnicos con patrimonios culturales sustancialmente diferentes, todo lo cual influye decididamente en las actitudes y trayectorias de desarrollo.

Desde el punto de vista agroecológico, esta inmensa área posee regiones con un ecosistema con condiciones de suelo y clima similares a países desarrollados de clima templado, lo que facilita la importación de tecnologías y cultivos logrados en estos países con condiciones ambientales semejantes.

Esta situación de las zonas templadas implica una significativa ventaja frente a las zonas tropicales, donde las soluciones para muchos de los problemas de producción simplemente no pueden ser importadas.

Las soluciones tecnológicas para la producción agropecuaria en las condiciones de los Cerrados de Brasil (área con aptitud agrícola que abarca más de 100 millones de has), las sabanas de Venezuela o nuestro monte chaqueño de las provincias de Salta, Santiago del Estero, Chaco y otras provincias del norte argentino, no pueden ser importadas sino que deben descubrirse y elaborarse en estas regiones.

Del mismo modo, en un ecosistema como el de la cuenca del Río Amazonas, donde aún no es clara su vocación económica, existen grandes recursos y potencial de cultivos, pero la tecnología a aplicar en esta inmensa región todavía está por desarrollarse.

Si para la agricultura consolidada, la Revolución Verde demostró que las productividades obtenidas podían ser considerablemente superiores a las obtenidas en otros sectores de la economía, el potencial de resultados a obtener por inversiones en la agricultura tropical parecen ser mayores, como lo demuestran numerosos trabajos y evaluaciones de proyectos de inversión.

El ejemplo más contundente es el de los Cerrados de Brasil, en los cuales hace 30 años la tierra no tenía prácticamente valor, y era destinada a la ganadería extensiva de baja productividad; hoy, debido especialmente al esfuerzo de Investigación (EMBRAPA), más de 30% de los granos de Brasil provienen de esta región (25 millones de toneladas de granos), y se considera que aún el potencial es muy grande y está en una fase de rápida expansión. Gran parte de estas tecnologías podrían ser transferidas a países vecinos como Paraguay, Perú y Bolivia, que cuentan con grandes áreas similares.

Naturalmente, los países de la región deben clarificar cuáles son sus prioridades comunes en términos de agricultura del futuro y, consecuentemente, cuáles los problemas tecnológicos a resolver. De lo contrario, el avance en algunos países de la región y principalmente en los países desarrollados, colocará nuevamente en desventaja a aquellos países que no se ocupen de la innovación y el desarrollo tecnológicos. No solo numerosos países de Latinoamérica podrían disminuir significativamente su participación en el creciente y dinámico mercado internacional, sino que podrían ser abastecidos de alimentos y otras materias primas por los países desarrollados.

Ya los Estados Unidos de Norteamérica están preparando su estrategia futura porque saben que dentro de 30 años se va a duplicar la demanda de alimentos y que la nueva agricultura se orienta hacia productos más saludables y de usos farmacéuticos e industriales. Detrás de esa meta hay un entramado de productores e industrias que presiona al poder político para que el sector agroalimentario sea considerado como estratégico. Y ese esquema no sólo está integrado por las empresas sino también por las universidades y los centros de investigación.

Creen y están convencidos que el futuro está en la investigación.

Por encima de todo, serán el esfuerzo y las ganas de hacer bien las cosas las herramientas que nos ayudarán a transformar en realidad este concepto.

Una consideración aparte merece la relación que pueda haber entre los avances biotecnológicos y la ética. La biotecnología tiende a distanciarse de la ética y, cuando se trata de aplicar los avances en esta materia (mapeo cromosómico, clonación, fertilización in vitro, etc.) experimentados en animales y plantas a los seres humanos, se plantean verdaderos dilemas éticos y morales.

Y es en este delicado equilibrio en donde se encuentra la otra parte de la respuesta a los interrogantes planteados: en la esperanza, la virtud teologal que nos acompañará a aguardar con confianza el futuro desconocido, en la convicción que otorga la fe en que la humanidad sabrá plantear sin titubeos sus reparos sobre una ciencia apartada de la consideración del ser humano como criatura a imagen y semejanza de Dios, y en el amor consagrado a construir un futuro mejor para toda la humanidad.

 

Adrián Fernández Casares
Ingeniero Agrónomo
Socio Director del Estudio Fernández Casares y Asociados - Consultoría en Agronegocios.