AVATARES DE LA UNIVERSIDAD ARGENTINA

Por Alfredo C. Casares (35A)

Se acepta en medios intelectuales que la universidad tiene como misión excelsa la búsqueda de la verdad a través del estudio y la investigación. Desafortunadamente, tan noble cometido se ha visto desdibujado a lo largo de los últimos cincuenta años en nuestro país a causa de diversas turbulencias que han alterado el derrotero de la universidad pública. Ello ha afectado, en términos cualitativos, el aporte de servicios a la comunidad.

Trágicos acontecimientos internacionales, como la guerra civil española y la última gran guerra mundial, conmovieron profundamente a la ciudadanía, pero no alcanzaron a alterar la serenidad de los claustros universitarios. Fue un fenómeno local, que cubriera el período 45/55, el que hizo conocer en el ámbito universitario, la opresión, la persecución y la cárcel. Tal estado de cosas provocó la renuncia de eminentes catedráticos y una lamentable fuga de cerebros.

Un grupo de prestigiosos científicos, encabezados por el Dr. Eduardo Braun Menéndez, decidió suplir el vacío que así se había generado, mediante la creación del Instituto Católico de Ciencias donde, como en una nueva catacumba, se ofrecieron cursos y conferencias del más alto nivel. Un viejo edificio sobre la barranca de Carlos Pellegrini sirvió como sede del nuevo instituto, al tiempo que brindó el espacio para la instalación de un taller de arquitectura para graduados.

La revolución libertadora de 1955 puso fin al régimen odioso; profesores renunciantes fueron repuestos en sus cátedras con todos los honores, mientras las nuevas autoridades instauraron una purga que alejó de los claustros a docentes presuntamente adictos al régimen depuesto, medida drástica que no reparó en algunas dolorosas injusticias.

Presidente de la Nación en 1958, el Dr. Arturo Frondizi encaró con decisión la demolición de viejos tabúes, entre ellos el monopolio estatal de la enseñanza universitaria; así dio a luz a la nueva ley que por su artículo 28 determinaba la necesidad de reglamentar el funcionamiento de universidades privadas. Eso y alumbrar su creación fue todo uno. Se vivió entonces una nueva conmoción. La lucha encendida entre los partidarios de la libertad de enseñanza y los aferrados a su monopolio fue ingrata, irracional y cargada de encono. El espíritu sectario hizo trizas viejas amistades e intereses comunes.

Superado, no sin resentimientos, el antagonismo ideológico, recomenzó en 1958 la recuperación del clima de estudios que, paradójicamente, muchos recuerdan como un período de auténtica creatividad, creatividad que se perdiera en 1966. Trágicos años de la llamada "guerra sucia" con su dolorosa secuela, conmovieron los cimientos de la República y de la universidad. Hoy se los rememora, pero lamentablemente se aleja la impostergable reconciliación.

Por aplicación del precepto constitucional (libertad de enseñanza y aprender) volcado en el mencionado artículo 28 de la ley, comenzó en la década del 60 el nacimiento de universidades privadas -laicas o confesionales- que proliferaron en todo el territorio nacional.

Frente a la institución acelerada de casa de altos estudios, el Dr. Eduardo Braun Menéndez, que acariciaba desde hacía años la creación de la Universidad Católica, no ocultó su pensamiento crítico. Consideraba que otros pasos previos debían darse antes de constituir facultades, programas de estudios, departamentos docentes, etc. Sostenía Braun Menéndez que la universidad no nace a nivel docente, pues éste es -son sus palabras- "como la excrecencia de la investigación". Son necesarios años de investigación para recién encarar la enseñanza. Sostenía que el profesor debía abrevar sus conocimientos en el laboratorio o en el campo de experimentación, o en el instituto de especialización, para luego "bajar" con mensaje siempre renovado al aula. Mientras tanto en el instituto continúa la búsqueda y se ofrecen sus hallazgos a la comunidad.

Al débil nacimiento de universidades privadas se unió frecuentemente la designación de profesores con mínima dedicación y escasos antecedentes; una modesta paga se esgrimió como muestra de solidaridad intelectual. Su consecuencia: la mediocridad. Sin embargo, luego de treinta años de esfuerzos por una mejor universidad, no se puede negar que las instituciones privadas han logrado brindar una alternativa de progreso intelectual. El aporte de estructuras académicas extranjeras contribuyó de manera decisiva a sentar las bases de la ansiada excelencia.

Toca en estos tiempos a la universidad estatal recuperar el prestigio que ostentara en el concierto americano. En ella se formaron cinco premios Nobel y acogió en sus claustros sin discriminación a cuantos estudiantes de todo el mundo que quisieron encontrar en ella la formación que buscaban. Para ello deberá superar los centenarios principios de la reforma de 1918, que si bien constituyeron un cambio acorde con los tiempos políticos que corrían entonces, exigen hoy imprescindible actualización. Corresponde a la universidad argentina toda, encabezar el gran esfuerzo nacional que reclama la República para retomar la senda del desarrollo de su enorme potencial.