NAVEGAR EL DESARROLLO
Por Javier García Labougle (71C)
Terminamos los intensos 1990s con varias asignaturas pendientes: la falta de competitividad de nuestra economía (pocas exportaciones, pocos mercados, ausencia de cultura exportadora); la fragmentación social que ya se manifestaba a mediados de la década en crecientes índices de desempleo y desigualdad social; la baja calidad de la democracia con altos niveles de corrupción estructural y pobre desempeño de las instituciones. Transcurrida casi la mitad de los 2000s, los drásticos cambios introducidos con la devaluación, pesificación y default han agravado aun más la situación. Sabemos que las condiciones externas extraordinariamente favorables han facilitado de todos modos una recuperación económica que empieza dar muestras de fatiga. Y la gran pregunta es ahora como transitar hacia un periodo de crecimiento económico sostenido que nos permita un desarrollo integral. Y la mayor duda sigue siendo si la sociedad argentina tiene ya una respuesta estratégica para enfrentar estos desafíos o sigue inerte y empujada por los factores exógenos más que por una auténtica voluntad de cambio.
Usando esa ilustrativa distinción que hizo Eduardo Mallea en su Historia de una Pasión Argentina, la Argentina visible, la que nos gobierna y representa parece inerte, atrapada en la retórica, fiel a su cultura oportunista, egocéntrica, sin magnanimidad. La otra Argentina, la invisible, la que crea y trabaja a pesar de todo, parece dar cada vez más muestras de estar emergiendo. Y es en esta Argentina en la que nace la esperanza y tiene sentido perseverar en el camino.
Cruzar en balsa o navegar mar adentro
El esfuerzo que muchos países hacen para llegar al desarrollo se parece al que realizan los balseros que cruzan el mar Caribe hacia Miami, el Mediterráneo hacia Europa, o el desierto que une Méjico con Estados Unidos. Esfuerzo titánico pero torpe, precario, y muchas veces con final trágico. Sin una estrategia bien definida, explícita, perseverante y consistente, los países no desarrollados terminan fracasando una y otra vez en sus intentos con increíbles contramarchas y retrocesos. La década de los 1990s ha sido muy prodiga en mostrar las diferencias en los resultados entre los países que si han definido y perseverado en una estrategia, fundamentalmente los países asiáticos, que contrasta con la perfomance de Latinoamérica, excepción hecha del caso Chileno.
Definir una estrategia y perseverar en su eficiente implementación implica conocer y aceptar las posibilidades de cada país y diseñar las correspondientes políticas realistas, eficaces y solidarias. Conocerse en profundidad. Navegar mar adentro en busca de las raíces más sólidas para enfrentar con fuerza y decisión los desafíos de un mundo global.
Los países modernos imitables tienen una organización política basada en el sistema democrático de elecciones, la división republicana de poderes y la organización económica basada en el capitalismo. No es el paraíso, pero es lo mejor que ofrece hoy la humanidad. Por ello, hacia allá van, enfrentando la muerte, los balseros, que se escapan del infierno retórico, ideologizado y corrupto del subdesarrollo.
Capital, capital, capital
El concepto moderno de capital incluye no solo los activos físicos (edificios, equipos, máquinas), sino también el capital humano (conocimiento) y el capital social (término aún ambiguo pero que incluye básicamente la capacidad de la sociedad civil de organizarse). Esta ampliación del concepto de capital, lo reconcilia con el valor de la persona humana, superando la antigua oposición entre capital y trabajo.
Como mejorar las instituciones que hacen a la democracia y al sistema republicano, y crear capital, en todas sus formas, debería ser entonces el objetivo explícito y no vergonzante de una sociedad que se anima a navegar mar adentro para llegar en serio al desarrollo.