PREMIO HERMANO SIXTO 2003
Diego Alberto Ibarra (69C)
Recibir de manos de la Asociación de Ex-alumnos esta distinción que lleva nada menos que el nombre de quien fue el fundador del Colegio y pionero de los Hermanos Maristas que llegaron a estas tierras, y además dentro del marco de la conmemoración del centenario de esa llegada, no sólo es un motivo de legítimo orgullo que me honra gratamente sino que importa incrementar aún más la deuda de gratitud que tengo con el Colegio. Deuda de gratitud que, hablando en términos de justicia es impagable. Es, de un modo análogo, como la deuda que se tiene con los padres, o con la Patria, o con Dios. Pues es tanto y de tal entidad lo recibido, que nunca lo podremos saldar con nuestros pobres medios.
Por eso entonces, de un modo particular, quiero agradecer a aquella pléyade de hermanos que durante doce años me han visto pasar por estas aulas y estos patios. Permítaseme recordar al Hno. Javier nuestro maestro de 1er. grado inferior, que nos enseñó a garabatear las primeras letras y a leer las primeras palabras. Al Hno. Valero que nos instruía, con infinita paciencia y dedicación, en las primeras nociones del catecismo para recibir del modo más digno posible y por primera vez a Jesús Sacramentado; o la celebración del mes de María en la vieja y querida capilla del Colegio, donde el Hno. Sulpicio nos enseñaba las inolvidables estrofas del "Venid y vamos todos". Cómo olvidar al Hno. Narciso, con quien he tenido el gusto de reencontrarme hoy después de tantos años, con su dedicación al deporte y a los campamentos; al Hno. Fabriciano, con su entrañable amor por España y sus letras; al Hno. Patricio, a quien tanto respetábamos, o mejor dicho, temíamos; al Hno. Basilio, al Hno. Angel, al Hno. Roque,... tantos hermanos y también profesores laicos, que con tanto empeño fueron formando no sólo nuestras inteligencias sino también moldeando nuestro carácter y, lo que es más importante, cultivando nuestro espíritu en los principios religiosos y, sobre todo, en la devoción mariana.
A todos ellos entonces mi recuerdo y mi sincero agradecimiento.
Y por eso también me animo, atrevidamente diría, a instar y a estimular a los actuales directivos y docentes del colegio, si se me permite, para que no sólo prosigan con la ardua pero magnífica misión de educar, sino que la incrementen de tal modo que con la formación que les impartan logren apartar a los jóvenes de la mediocre y frívola vida a la cual el mundo de hoy los invita. Llévenlos por la difícil pero alegre senda del héroe y del santo. Porque héroes y santos es lo único que puede restaurar a la verdadera Argentina, que está clamando a gritos desde hace muchas décadas por una dirigencia realmente virtuosa -ciudadanos virtuosos quería San Marcelino-, por familias indisolublemente unidas y generosas en la transmisión de la vida; y está en sus manos la posibilidad de forjarla. Uds. tienen la buena arcilla para ir modelándola.
Hoy se habla mucho en materia de educación acerca de la "excelencia académica", y está bien. Sin embargo si la formación intelectual, no está ordenada en todos los ámbitos de la ciencia, hacia algo superior, hacia lo sobrenatural, en fin, hacia el conocimiento de Dios y a la vida de la Gracia, resulta totalmente efímera, como un lirio cuya belleza dura sólo un instante.
De allí lo de aquella antigua y sabia copla española:
"La ciencia más acabada
Es que el hombre su alma salve
Pues al fin de la jornada
Aquel que se salva sabe
Y el que no, no sabe nada..."
Educar, pues, en las virtudes. Por ello me pareció tan atinada en la revista de los ex-alumnos la publicación de las máximas contenidas en las mayólicas del "Patio Andaluz". Que no pasen inadvertidas, ellas pueden constituir una guía y una meta para los jóvenes alumnos como seguramente quería el Hno. Sixto desde que allí fueron colocadas. "Por mi Dios, por mi Patria, por mi Honor" -dice una de ellas- "Ante el deber no se vacila", "No te olvides del héroe que llevas en tu alma".
Providencialmente el festejo de hoy, 20 de noviembre, coincide también con una gesta patria. La batalla de la Vuelta de Obligado. Que el recuerdo memorable de aquellos bravos guerreros de la Confederación que defendieron con su sangre nuestra soberanía esté presente en todos los alumnos. De Uds. puede depender la formación de mentes lúcidas y corazones generosos que encaucen a la Nación definitivamente en el destino que en lo universal la Providencia le ha deparado. Amor a Dios y a la Patria han de ser entonces los objetivos últimos y principales de la educación marista, pues como nos recordaba ese gran sacerdote argentino que fue el P. Castellani...
"Amar la Patria es el amor primero
y es el postrer amor después de Dios
y si es crucificado y verdadero
ya es un solo amor, ya no son dos"
"La educación no es obra de especulación, ni un oficio, es un verdadero apostolado que busca a las almas para conducirlas a Dios". (San Marcelino Champagnat)