EL ORGULLO DE SER AGROPECUARIOINDUSTRIAL

Por Eduardo A. C. de Zavalía (53A)

Los políticos argentinos suelen coincidir entre si en muy pocas cosas, pero son concordes en cambio en afirmar que debemos dejar de ser un país agropecuario, para convertirnos en una sociedad industrial.

Más allá de lo anticuado del concepto, ya que los países desarrollados se preocupan mucho más de la tecnología y de los servicios que de la industria, no me caben dudas de que una producción industrial sobre bases sanas y competitivas que aporten a la sociedad más de lo que reciben de ella, es una valiosa ventaja para un país.

Pero lo que me duele como hombre del agro, es ese absurdo desdén por las ventajas comparativas que recibimos de Dios para la producción de alimentos, gracias a las cuales hemos superado siempre las profundas crisis en que los errores de esos mismos políticos nos han precipitado.

La Generación del 80 con Roca y Pellegrini a la cabeza, no dejaron nunca de promover a la industria. Es bueno recordar que éste último puso como primer presidente del Banco de la Nación Argentina a D. Vicente Casares, creador de la industria láctea "La Martona" líder por muchos años en esa actividad. Pero en la carta orgánica le fijó al Banco como misión fundamental promover el desarrollo agropecuario. En la visión de aquellos hombres estos dos conceptos no eran opuestos sino complementarios.

Sin embargo, después de la crisis del 29 y de la Revolución de 1943, los gobiernos peronistas, radicales y militares adhirieron totalmente a la tesis de que debían desarrollar la industria a cualquier costo y que el instrumento adecuado era el traslado masivo de recursos desde el agro. Para ello establecieron los monopolios cambiarios y del comercio exterior, el IAPI, las retenciones a las exportaciones agroganaderas y la protección a veces infinita a las importaciones industriales. El peronismo hizo acento en los productos de consumo masivo. Frondizi centró su programa en la industria básica, los militares en la defensa de la industria nacional, más tarde Perón la "Argentina potencia" y Alfonsín en las políticas de alimentos baratos. Finalmente Menem se acordó del sector y eliminó las retenciones a las exportaciones, lo que nos llevó al salto de 30.000.000 de tm. a 60.000.000 de tm., pero terminó desvirtuando ese efecto cuando mantuvo a partir de 1995, un tipo de cambio no actualizado con la situación macroeconómica mundial y un fuerte endeudamiento, que con el agregado de los errores de De la Rua, culminaron en la maxi devaluación del 2002.

Pese a que el agro continuó respondiendo y el año pasado cosechamos 80.000.000 de tm., nunca se hizo merecedor de una palabra de aliento en los discursos del presidente Kirchner. Sus ministros no se cansan de repetir que las retenciones no serán modificadas por ningún motivo. Frente a un aumento de las exportaciones de lácteos se aplican nuevas e intentan presionar por todos los medios para que no aumente el precio de las carnes.

El argumento -nunca demostrado- es que los agropecuarios ganan mucho, por lo que debemos presumir que la industria y los servicios ganan muy poco. Sin embargo lo que vemos todos los días parece demostrar lo contrario. Es común ver a familias agropecuarias vendiendo sus campos a industriales o ex industriales, mientras son pocos los casos de procesos inversos. Todo ello no es malo e indica una movilidad social y económica saludable para el crecimiento de un país, pero desmiente claramente que el sector goce de una posición que justifique un tratamiento diferencial.

Muy diferente es la situación de otros países que como Australia, Canadá, Nueva Zelanda o Brasil se muestran orgullosos de su producción agropecuaria y aún de aquellos que como la Unión Europea o Estados Unidos que generando su riqueza de otros sectores, destinan una parte importante de aquella a sostener un agro no siempre eficiente y valoran en muy alta medida a esta actividad.

Reflexionemos entonces los argentinos, si esa actitud de indiferencia y ese permanente desvío de recursos en desmedro del agro, no es uno de los errores que han hecho débil y falta de sustento a nuestra estructura económica y la han hecho caer en frecuentes y profundas crisis.

Nuestro principal recurso crece a espaldas del país y del Estado, en lugar de acompañar y ser acompañado por los diferentes sectores sociales. Si nuestra ventaja comparativa es la producción del agro, por qué no volcar recursos en la infraestructura de caminos, hidrovías y ferrocarriles, mejorar los servicios de salud, educación, gas, energía, comunicaciones e informática a las zonas rurales para lograr el máximo de eficiencia, los costos mas bajos y atraer a los mejores recursos humanos que pierden su tiempo buscando trabajo en las ciudades. Pues lo primero que vemos es que la energía y el gas y el teléfono cuestan muchas veces más y tienen peor calidad en un establecimiento rural que en la ciudad. Que sus escuelas son de muy bajo nivel y que los servicios sanitarios son inexistentes o lamentables. ¿A quién le interesa entonces vivir en ese ámbito?

A este sumemos que el traslado de recursos a otros sectores, resta poder de compra y de inversión al productor agropecuario impidiéndole mejorar su nivel de vida, tecnificarse e inclusive incursionar en el área agroindustrial, transformando y agregando valor a sus productos. Si estas industrias se radican en las zonas de producción proporcionan trabajo, nuevos recursos y desarrollo al interior del país.

Pero nuestros políticos siguen soñando con chimeneas a cualquier costo, cierran fronteras y utilizan altos tipos de cambio para impedir la competencia externa elevando los precios internos y aplican impuestos a las exportaciones, todo ello con el justificativo de lograr actividad y empleo, pero exclusivamente por un camino que no tenga como base el agro y la agroindustria. Es decir colocamos nuestros pocos recursos donde nos cuesta mucho ser competitivos o directamente no lo somos y castigamos en cambio a quienes tienen auténticas ventajas. ¿Es extraño que reiteradamente fracasemos?

Algún psicólogo social debería explicarnos esta contradicción. Yo no me siento capaz de hacerlo.

Sí espero que las nuevas generaciones de empresario agropecuarios que salen de nuestro Colegio, sean capaces de revertir lo que nosotros no logramos y que el país del Siglo XXI comprenda cuál es su verdadero destino.