LA ELECCIÓN DE LA CARRERA
Por Manuel A. Solanet (57B)
En los dos últimos años del colegio se suele plantear el tema de la elección de la carrera universitaria. En algunos casos la definición es más temprana y no se presentan dudas, pero es más común que se vaya conformando una preferencia hacia los finales de la secundaria. El llamado de Dios a una vocación religiosa puede aparecer en esa etapa de la vida o tal vez después de haber iniciado estudios universitarios o aún habiéndolos terminado. La vocación sacerdotal implica circunstancias y valores diferentes, que no son comparables a las opciones entre distintas profesiones. Los comentarios que siguen no se refieren a la vocación al orden sagrado, sino al clásico dilema de qué carrera voy a seguir.
Lo primero que uno debe decirle a quien está en la etapa de elegir, es que no imagine que deberá esperar alguna señal clara de la profesión que le corresponde. Todos tenemos ciertas facilidades y preferencias, pero por regla general son modificables y se desarrollan con el conocimiento y la experiencia. No hay cerebros inadaptados a las matemáticas o a la filosofía. Lo que hay son niveles de inteligencia, personalidades distintas y grados de sensibilidad. Algunos de estos rasgos vienen de la cuna, pero también se modelan durante la niñez y la adolescencia. Los diferentes grados de la inteligencia y rasgos de la personalidad pueden convivir con todas las profesiones, aunque el método científico u organizacional de cada una de ellas pueda reclamar distintas formas de elaboración y mayores o menores dosis de cada una de esas cualidades. Por ejemplo, la carrera militar puede demandar capacidad de mando; la investigación en física, matemáticas o biología exigirá capacidad deductiva; la historia requerirá más memoria de la que exigiría la ingeniería civil; la medicina o el derecho penal necesitarán sensibilidad por el prójimo pero al mismo tiempo capacidad psicológica para soportar situaciones impresionantes o dolorosas. Pero en la opción de un estudiante secundario no hay límites bien delineados que separen unas profesiones de otras. Solo hay ciertas aptitudes y preferencias. Por lo tanto no hay que dejarse llevar por la ansiedad en el momento de tener que elegir la carrera. Se deben tratar de interpretar esas preferencias, incluso con la ayuda de tests vocacionales, y no pensar que si se elige una carrera puede uno equivocarse para el resto de la vida.
En mi propia experiencia personal estoy hoy seguro que hubiera estado igualmente feliz si hubiera elegido administración de empresas, derecho empresario, derecho comercial, economía, ciencias políticas, agronomía, ingeniería industrial o ingeniería civil, que fue la que elegí. Todas estas carreras generan espacios para tratar cuestiones relacionadas con la producción, la organización social o la cosa pública. En mi visión estos temas se encuentran en áreas de preferencias muy vecinas. El mayor o menor uso de matemáticas no hace finalmente a la verdadera frontera.
Estoy seguro que nunca hubiera elegido medicina, psicología, derecho penal o de familia, que también están en áreas vecinas, pero de un módulo distinto de preferencias. Estas carreras tratan los problemas del hombre individual y no los de la sociedad ni se relacionan con la producción en forma directa. Tampoco me hubiera inclinado por humanidades, ni arte, ni cercano a ellos, la arquitectura. Aunque no lo parezca son opciones cercanas, pero allí se necesitan cualidades que vienen más con la cuna y que se manifiestan más prematuramente.
En definitiva, sólo hay que identificar campos bastante amplios de preferencias. Luego el avance gradual en una carrera y la adquisición de conocimientos y la experiencia laboral, van despertando el gusto por ella.