LAS CARAS DE LA LIBERTAD

Por Jesús María Silveyra (71B)

Me han pedido que escriba algo para la revista de los ex Alumnos del Champagnat. Pregunté sobre qué. Me contestaron que tenía libertad mientras el artículo no superara cierto tamaño. Dada la respuesta, pensé: por qué no escribir algo, precisamente, sobre la libertad.

De chico aprendí en la catequesis familiar y escolar que lo que le daba sentido a nuestra existencia y nos hacía personas, era el libre albedrío con el que Dios había concebido la Creación. Libre albedrío que nos permitía optar entre el bien y el mal. Es decir, la libertad entendida como opción de hacer o no hacer.

Más tarde, me explicaron en casa y en las clases de educación cívica de que mi libertad terminaba donde empezaba la del vecino y que debía respetar esta regla para que fuera posible la convivencia; luego, me hablaron de las libertades cívicas que consagraba nuestra Constitución nacional entre las que, lamentablemente, no se incluía el sufragio libre.

Posteriormente, en los revolucionados claustros universitarios de los setenta, me dijeron
que el liberalismo era una corriente del pensamiento económico injusto y que solamente el totalitarismo del Estado podía librar a las naciones de su dependencia y transformar al hombre. Incluso, en esos tiempos, oí que Cristo había venido a liberarnos mediante la revolución armada para instalar su Reino aquí en la tierra y no, como se creía hasta entonces, a través de la verdad.

Entre medio, escuché decir que hacer tal o cual cosa, cuando iba en contra de la moral y las buenas costumbres, era caer en el libertinaje.

Pero lo cierto es que, desde mis años mozos, cuando la poesía comenzó a hacer de las suyas en mi corazón y la rebeldía propia de la juventud asomó su rostro, asocié la libertad con el vuelo de los pájaros, el galope del caballo o las velas tendidas al viento de las embarcaciones, como si aquellas imágenes representaran la ruptura con las estructuras familiares y sociales, para optar por otro fenómeno de la época que definía la libertad como: "peace and love". Volar. Correr. Navegar. Salir. Irse. Fugarse. Escapar de la celda interior en busca de respuestas...

Con el correr de la vida las ideas fueron cambiando: supe que los barcos atracaban en los puertos para reaprovisionarse, que los caballos se detenían a procrear y que las aves hacían nido para empollar sus crías; aprendí que a los hijos había que darles libertad pero dentro de ciertos límites; que los padres debíamos asumir una libertad o paternidad responsable; que en la sociedad el orden no podía establecerse a costa de conculcar derechos y libertades, pero que el caos también terminaba arrasando con todas ellas; que la libertad económica era vital para darle cabida a la creatividad, pero que era necesario encuadrar a los monopolios dentro de ciertas reglas; que para andar en verdad era necesaria una cierta dosis de humildad, despojo y coraje.

Hoy, ya pasados los cincuenta, distingo, sobre todo, dos caras de la libertad.

Por un lado, el amor, que es la sublimación de la misma, por el otro, el odio, que es su pauperización.

Amor, que transforma la libertad en liberación; odio, que la condena a lo que llamo libertismo. Amor, que devuelve al hombre al punto donde el albedrío se funde con el acto creador y uno se vuelve imagen de Dios. Amor, que entonces no necesita huir, ni esconderse, sino que se muestra orgulloso de intentar el compromiso, la entrega, el compartir, el darse al otro para que el otro sea, el donarse por un bien mayor.

Odio, que traducido de diversas formas en rencor, resentimiento, desprecio por la vida y por la muerte, violación de la naturaleza, laceración de la familia nuclear, intento de clonación del espíritu y tantos ejemplos que podrían citarse, sacude con terror la libertad y la convierte en libertismo, donde el ismo se vuelve un extremo y no une a la humanidad como el istmo, sino que la separa en el delirio de la falsa libertad.

Libertad que entonces queda mutilada y condenada a transitar por los caminos racionales y escépticos, donde el ave vuela únicamente hacia el punto del horizonte que le marca el hombre, el caballo cuando se detiene no se aparea por temor a trascender en más vida y las velas permanecen arriadas mientras la embarcación gira como un trompo sobre el vacío interior.

Lo que más lamento de todo, es que a veces el libertismo confunde a muchos y les hace suponer que en ese extremo se está mejor y que el hombre es más libre aunque deje de lado el amor.