EN EL NOMBRE DE DIOS
Ventura Miguel Green (1972C)
En mis dos participaciones como integrante de una organización militar de paz, dentro del marco de las Naciones Unidas, pude observar cómo -“en el nombre de Dios”- el hombre justifica acciones que llevan al enfrentamiento, la destrucción, el horror y la muerte.
En el año 1993, nuestro país participaba con un Batallón desplegado en la ex Yugoslavia, actuando como una fuerza de separación entre serbios y croatas que, luego de un acuerdo del cese del fuego, habían aceptado la presencia de tropas pertenecientes a las Naciones Unidas. Durante un año me desempeñé como Jefe de los Oficiales de Enlace y tenía como responsabilidad principal establecer acuerdos entre los elementos enfrentados de nivel batallón (aproximadamente 600 hombres) e inferior.
Casi todos los días se producían enfrentamientos. Ya sea porque un soldado que estaba de guardia recordaba a sus familiares asesinados durante la guerra y comenzaba a disparar hacia el sector rival, o porque se buscaba la provocación del adversario para justificar así una respuesta más violenta.
En todas mis participaciones como negociador para evitar estas escaladas y buscar caminos que lleven al entendimiento entre las facciones enfrentadas, siempre terminábamos hablando de Dios. Cristianos ortodoxos, católicos, musulmanes. Todo se justificaba en el nombre de Dios. "¿Pero no tenemos el mismo Dios...?" Cuando yo preguntaba esto, las negociaciones se ponían más tensas. Habíamos empezado porque un soldado había violado el cese del fuego y terminábamos discutiendo acciones ocurridas 2000 años atrás. Y siempre “porque ustedes los cristianos, o porque ustedes los musulmanes, o porque ustedes los católicos...”.
Durante 2002-2003 me desempeñé como Jefe de Equipo de Observadores Militares en el Medio Oriente. Israel y el Líbano, para ser más preciso. En esta misión patrullábamos el sur del Líbano: la frontera con Israel. En varias oportunidades éramos detenidos por hombres pertenecientes al Hezbollah (partido de Dios) quienes nos advertían de no pasar nuevamente por ese lugar. El intérprete que nos acompañaba nos decía: “a estos hombres hay que creerles. No respetan su propia vida, menos van a respetar la nuestra”. Sin embargo yo me había aprendido algunas frases en árabe que me abrían puertas. Antes de que dijeran algo, yo los saludaba diciéndoles “Ala Mac” (Dios te bendiga). Se sorprendían, sonreían y pasábamos. El intérprete rezaba. Nuevamente Dios era puesto en el “tapete”.
También tuve la oportunidad de dialogar brevemente con un musulmán que estaba relacionado con quienes adoctrinan y preparan hombres suicidas. Justificaba su accionar diciendo que los cristianos habían hecho lo mismo en la época de los cruzados: hombres provenientes de Europa dejaban su tierra y sus familias para inmolarse en pro de custodiar las tierras santas...
En ambas misiones, pude observar cómo Dios es utilizado para convencer al hombre. Para fanatizarlo. Sin embargo, en la realidad de los hechos, Dios es lo que menos importa. Dios es la gran excusa. A través de Él justificamos la muerte. Pude ver qué fácil es convencer al hombre para lograr un objetivo utilizando a Dios. Ese hombre peleará convencido y dará su vida por Dios, pero el objetivo lo logra otro y a ese otro, lo que menos le importa es Dios.
En la actualidad estamos siendo testigos de una guerra cuyos orígenes se remontan a siglos antes de Cristo y siempre escuchamos que “Dios está de nuestro lado”. ¿No habrá llegado la hora de preguntarnos si a Dios le interesa estar en “un lado”? Soy un convencido de que las guerras religiosas no existen como tales: son guerras cuyo objetivo final es el poder y Dios es la excusa.
También estoy convencido de que toda guerra tiene un final y que el primer final es no haberla iniciado.
Con Dios como Ser supremo -y no en su nombre- se evitó, treinta años atrás, una guerra entre países hermanos. Tal vez este sea el ejemplo que humildemente Argentina pueda aportar al mundo para contribuir a la paz que tanto buscamos.